Creo, sin temor a equivocarme demasiado, que la experiencia de volar por los propios medios es casi consustancial a todos los seres humanos; más aún, es durante la infancia cuando se experimenta con mayor intensidad, y luego, a medida que maduramos, se va imperceptiblemente olvidando; tan solapadamente que yo ya no guardo en mi memoria el exacto momento en que tal proeza desapareció de mis hábitos cotidianos.
He dicho cotidianos, y no falseo la verdad. Afirmo que era capaz de volar voluntariamente en cualquier momento, siempre que se dieran las condiciones adecuadas. Recuerdo el instante con suma precisión: era durante ese estado crepuscular de la duermevela matinal, mientras intentaba no entrar de lleno en la aborrecible vigilia y permanecer un rato más entre mis sueños; esos, que se me representaban más reales incluso que lo que me deparaba todo el resto de mis experiencias cotidianas.
Mantenía bien cerrados los ojos, para no dejarme invadir por la luz; me escondía bajo las cobijas y, con un esfuerzo imaginativo, me situaba volando a diversas alturas, controlando sin el menor inconveniente la velocidad, los ascensos, los descensos, y los giros. Pero lo verdaderamente sublime era la percepción de la absoluta realidad del hecho. No me asaltaba la más ínfima duda sobre lo que estaba sucediendo, porque se acompañaba de la correspondiente estimulación de todos mis sentidos, y porque mi cuerpo repondía por completo a mi voluntad. Ahora arriba; no, mejor hacia abajo; o hacia aquel lado; flotaba y me dejaba llevar por mi puro deseo ¿Hacia donde? No lo puedo responder ahora: he olvidado los paisajes de mis sueños; sólo me queda el vago recuerdo de mis sensaciones.
Quizás en la oscura nostalgia de ésta primitiva conducta onírica, indiferenciable por completo, durante la infancia, del estado de vigilia, podría rastrearse el orígen de la necesidad imperativa de volar que ha perseguido al ser humano desde su advenimiento. Los alados ángeles, los dioses etéreos , Ícaro, los héroes de historias y relatos mágicos, Superman y tantos otros, son posiblemente los representantes del mito original de nuestra olvidada capacidad de desplazarnos por el espacio.
¿Cuándo, cómo y por qué se pierde? ¿Es la maduración de las estructuras nerviosas el motivo? ¿Habrá alguna forma de retenerla, cuidarla y cultivarla? ¿O es su desaparición una condición sine qua non del desarrollo? Hemos logrado, como un vulgar sustituto, volar en medio del silencio con parapentes, planeadores y otros artilugios mecánicos, pero siempre falta algo. Los cosmonautas nos relatan sus experiencias y los envidiamos, deseosos de poder estar donde ellos y sentir lo mismo.
Pero lo otro, lo íntimo de la experiencia infantil de volar, lo hemos perdido para siempre, así como hemos perdido la capacidad de reconocer lo onírico como otra parte de nuestra realidad, en la que nos desenvolvemos durante un tercio de nuestras vidas. No en vano, y para hacérnoslo siempre presente, algunos grandes de las letras han remarcado las ideas de que la vida es sólo un sueño; de la irrealidad de lo real y de la realidad de lo soñado; y la otra, más interesante aún: la del soñador que se sueña a si mismo en un laberinto sin fin ni principio.
lunes 1 de diciembre de 2008
EL VUELO
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada