lunes, 3 de noviembre de 2008

GRISELDA

Nos fuimos conociendo sin querer, a fuerza de horas de convivir, yo concentrado en mi reciente paternidad y en el imperioso deseo de aprender a conciencia mi profesión, y vos en tu cotidiana rutina de eficiente secretaria. Las paredes azules del despacho pueden dar testimonio de esas aparentemente vacuas conversaciones que mantuvimos durante los escasos momentos de descanso que podíamos darnos el lujo de disfrutar; también de nuestra mutua y sorpresiva elección de posar, uno al lado del otro, para la consabida foto de fin de año. Fue después de esa foto, donde te mantengo estrecha y posesivamente rodeada con mi brazo derecho, que quedamos, así como al descuido, en que a la salida del trabajo pasaría por tu casa para tomar un café y darte ese insólito dato que me habías pedido, cuya utilidad era solamente el de servir como pretexto para llevarme a tu territorio.

Me recibiste con una sonrisa cómplice en tu cara suave y morena, de labios gruesos y lánguidos ojos oscuros, que ya reflejaban el deseo en tus dilatadas pupilas. Liquidamos inmediatamente la excusa del café y nos sentamos en el sillón, donde lentamente comenzamos a explorarnos, quitándonos mutuamente las capas de formalidad que nos cubrían. Tu cabello renegrido, seguro legado de indígenas ancestros, caía con gracia hasta la mitad de tu espalda sin poder ocultar tu mínima cintura, en la que me demoré sólo un instante para llegar luego a tus deliciosos, duros y bien formados glúteos y a la escondida confluencia que formaban los pilares de tus acogedoras piernas.

Nos tocamos y paladeamos, olimos y miramos, hasta quedar tumbados cara a cara en el sillón; entonces te giraste y me ofreciste tus nalgas, mientras yo acariciaba tus pechos jóvenes, que no conocían de hijos, sino sólo de amantes, y me introducía en el centro de tu ser una y otra vez, hasta alcanzar el tan ansiado temblor liberador que nos dejó a los dos finalmente quietos y relajados, recuperando el resuello y buscando, inconcientemente, acompasar los latidos de los agitados corazones.

Te recuerdo bajo el agua de la ducha que luego nos refrescó, despreocupada y casualmente graciosa, pero atenta a la improbable palabra que te diera esperanzas, esa que jamás llegué a pronunciar. En ese momento no estaba en mi darte lo que buscabas: tenía culpa, una culpa que no me permitía olvidar que ése era justamente el día del cumpleaños de mi pequeño hijo, y que me hizo abandonarte, apresurado por no faltar al festejo.

A la mañana siguiente te dije que no podía darte lo que, sin pedirlo, me pedías; te confesé todas mis dudas y temores, que conocías sobradamente, pero que pese a todo estabas dispuesta a mantener en cuarentena mientras fuera preciso, algo que era imposible para mi. Esa tarde no te vi entrar a tu casa ni cerrar tu puerta, pero siempre sospeché que, igual que yo, también lloraste por lo que juntos habíamos perdido, y que ya nunca más podríamos recuperar.

La vida nos llevó por carriles diferentes. Volví a encontrarte muchos años después, casada y con hijos del que elegiste como tu hombre. Reviví de pronto tu olor y el tacto de tu piel que, como fieles escuderos, habían permanecido ocultos en lo más profundo de mi interior, acompañándome en el descubrimiento de mi mismo en los ajetreados y difíciles tiempos que siguieron.

¿Pudiste haber sido mi compañera de viaje? Fácil pregunta, pero imposible respuesta, ya que en ese momento no estaba preparado para corresponder a tu entrega y cada elección marca un camino sin retorno. Siempre estaré en deuda, lo quiera o no, por ese trozo de mi persona que, sin saberlo, me ayudaste a ubicar en el justo lugar para llegar a ser quien soy.