Nadie se presentó a reclamar el cuerpo. En la suscinta esquela que alguien había atado a un dedo del pie, luego de la autopsia, se leía:
APELLIDOS: Perez Cortínez
NOMBRES: Jesús Hilario
NACIONALIDAD: Español
EDAD: 64 años
OCUPACIÓN: funcionario público (ordenanza)
E. CIVIL: Soltero
CONYUGE: (en blanco)
HIJOS: No se conocen
CAUSA DE LA MUERTE: Infarto cerebral embólico
PERSONA AUTORIZADA A RETIRAR EL CADÁVER: (en blanco)
Poca cosa para toda una vida. Absolutamente nadie, y menos aun quien redactó la ficha, conocía nada de los últimos momentos de la vida de Jesús.
La mañana de su muerte se despertó más temprano que lo habitual. El sol aún no hería las paredes con las doradas cuchillas que la luz formaba al pasar entre las rendijas de las persianas. Igual que todos los anteriores días de su vida, Jesús se santiguó y rezó una breve oración para inaugurar la jornada. Era muy creyente, hombre de ir a misa todos los domingos, y muy amigo del cura de su parroquia. Se levantó de la cama y encendió un cigarrillo, el único vicio que se permitía. Extrañamente le supo mal, le causó asco. Lo apagó, se higienizó, tomó su medicamento para la presión y luego se vistió. Ya en la cocina, se preparó un café con leche, pero no llegó a probarlo, porque lo acometió de pronto una sensación de mareo y palpitaciones, junto con un malestar desagradable en la boca del estómago, que duró solamente uno o dos minutos y se desvaneció tan rápido como había llegado. Decidió, por si acaso, quedarse en casa y por lo tanto, tal como lo especificaba el reglamento, del cual era sumamente respetuoso, llamó al Ministerio para notificarlo.
Al mediodía se sintió algo mejor. Se preparó una frugal comida: unos escasos restos del cocido de la noche anterior y una manzana. Pero sólo pudo comer unos pocos bocados porque, con renovados bríos, le reapareció el malestar. Creyó más conveniente no volver a insistir con la comida y decidió entonces recostarse un rato en su sillón para descansar y ver un rato la televisión. Encendió el aparato y comenzó a sentarse.
Ese fue el instante en que el coágulo, que se mantenía frágilmente unido a la pared de su corazón se desprendió por fin y empezó su loca y azarosa carrera. Viajó imparable hasta, por una simple cuestión de tamaño, atascarse en una pequeña arteria del cerebro, ocluyéndola por completo. Entonces, bruscamente, producido por una extraña combinación de factores físicos y químicos hasta hoy desconocidos y con la brevísima duración de una millonésima de segundo, un destello fulguró en la mente de Jesús. Se apagó de inmediato, sumiéndolo en la más pavorosa oscuridad, pero su luz le resultó suficiente para, en ese infinitesimal momento, comprender con espanto cómo había derrochado su vida y saber con total certeza que ya era demasiado tarde y que, a menos que hubiera un Dios sin la más mínima duda (mínima, pero que, incómodamente, empezaba ahora mismo a crecer en su interior), eternamente estaría privado de tener una segunda oportunidad.
lunes, 3 de noviembre de 2008
EL DESTELLO
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