miércoles, 1 de octubre de 2008

LA TRAMPA

A pesar del ya largo tiempo que llevo atrapado en ella, sé en lo más profundo de mí que no puedo escapar, cosa que, por otra parte, tampoco me interesa ni deseo hacer. Estoy en la trampa perfecta, la que incita voluntaria e inconcientemente a franquear su entrada, una vez llevado hasta su puerta por la imprescindible necesidad de colmar un vacío que sólo así puede ser satisfecho.

Estaba lista para mí, y sólo para mí, esperándome cargada con el cebo de su dulce sonrisa, su mirada ensoñada y la violenta fuerza de sus curvas; y caí en ella gozosamente, sin detenerme a medir las consecuencias de mis actos, como la trucha que muerde el cebo y queda presa de su gula.

Es su piel, su hermosa piel, la dorada trampa que me condena hasta hoy a ser suyo. Me es imposible olvidar ese primer y tímido contacto de mis dedos con el dorso de su brazo; el ancestral temblor que nos recorrió a ambos; la inmediata y sublime sensación de pertenecerle desde siempre; de haber por fin encontrado la esquiva y siempre buscada sensación que aplaca y al mismo tiempo enciende mi ansia.

¿Qué químico, o físico, misterio se esconde detrás de un roce, de una caricia, del tacto de un dedo que recorre un breve trozo de piel? Dicen que la materia es solamente espacio vacío y fuerzas primordiales: sé que es así, no tengo dudas. Mi piel, cuando reposamos abrazados, se disuelve en la suya, la penetra y se funde en medio de un caos de órbitas y electrones de signo masculino y femenino, haciendo imposible distinguir de quién es cada una; sólo el movimiento permite recuperar la independencia, pero a su vez excita la voraz e insaciable necesidad de rozarse una y otra vez.

No sé, no me importa, ni tampoco deseo averiguar cómo y por qué siento así: soy dichoso. Son todas vanas preguntas, destinadas a jamás ser respondidas, menos aún por los que tienen la fortuna que se les niega a tantos otros: gozar del tacto del amado, de la amada, por todo el tiempo que les sea dado estar vivos y juntos ¿Acaso hay tantos otros premios que valgan la pena en ésta única y acotada vida que nos toca, y a la que nos es imposible renunciar, impelidos como estamos por la ciega fuerza de los genes que nos transmitieron nuestros predecesores?

A ti te digo hermano, hermana: te deseo que caigas en la dichosa trampa en la que tuve la fortuna de caer yo mismo. Debo advertirte que, para ello, debes estar dispuesto con todos tus sentidos y tus más íntimos sentimientos a correr los riesgos a los que te expondrá tu osadía. La mayoría de los humanos se contenta con soportar una vida superficial y anodina: temen fracasar. Los fuertes sufren y lloran, padecen, pero también gozan; viven y disfrutan cada breve momento de dicha intensamente.

Ojalá se te permita ser uno de ellos.

1 comentarios:

Natalia dijo...

Hermoso, de verdad.
Llegué al blog leyendo cosas de anorexia en google y lei tu cuento respecto al tema. Espero no te moleste mi comentario, pero la verdad es que el blog no tiene desperdicio.