sábado 27 de septiembre de 2008

VISIONES

Ellos crecen: los pelos de la barba, de las orejas, de la nariz. Ellas, las viejas y deslucidas uñas de manos y pies, también. Es sabido: crecen autónomamente, más allá de la muerte, del descanso eterno, del fin de todo. Nos suceden vitalmente durante un tiempo indefinido pero aún así limitado, seguros de su absoluta impunidad, vista nuestra patente imposibilidad de hacer algo al respecto.

Pero ¿qué indicios tenemos, qué sabemos de la duración, sea infinitesimal, o de segundos, o incluso minutos, de la vida de esos escondidos intestinos, tendones, huesos y músculos de los que fuimos dueños alguna vez? Quizás perduren en algo similar a una suspensión vital anonadada, atontada, consumiendo sus últimas moléculas de precioso oxígeno hasta que les llega la convicción de su irrevocable futuro: morir por falta de sustento.

Dicho esto, debo ahora confesar lo que íntimamente me produce una oscura sensación de intranquilidad, casi cercana al pavor, desde que comencé, sin saber por qué, a pensar en ello; algo a lo que, cobardemente, temo enfrentarme en ese día (espero que lejano) en el que deje de ser quien soy y pase a ser uno más de los que fueron: se trata de mis ojos.

¿Acaso alguien, yo, o tú, desconocido amigo mío, que también puedas algún día plantearte éstas locas preguntas, puede creer inocentemente que la costumbre de cerrar los ojos a los cadáveres sea solamente casual, sólo un último gesto de respeto? ¿Estás seguro? Yo no lo creo; más factible me resulta la hipótesis del miedo, del pánico atroz que imaginó algún oscuro y olvidado antecesor humano ante la posibilidad, remota pero no descartable, de que los ojos perduraran en su vital instinto y, por un lado, atraparan la imagen de los que rodeaban al difunto para llevarlas consigo hacia los desconocidos territorios de la muerte, y por otro fueran testigos y transmisores, hacia un cerebro agónico pero aún vital, de la última y temida imagen de si mismo que quizás verían reflejada en ese espejo que colocado frente a la cara demostraría, al no empañarse, que ya no había hálito en el cuerpo.

Me sitúo yaciendo en esa cama, la de mi último aliento y me identifico con mi futuro que ya no es tal, sino crudo presente: he abandonado todo para siempre, definitivamente. Imagino el suceso, el indecible y temido momento postrero: el horror de verme en ese instante sin poder hacer nada, sin poder gritar, sin poder moverme, sin saber a ciencia cierta cuánto durarán esas torturantes visiones, hasta que mi cerebro claudique y diga basta finalmente.

Agradezco a ese piadoso antepasado común el haber tenido la perspicacia y sensibilidad de legar al futuro un gesto tan sencillo como ese para permitirme comenzar en paz mi último viaje.