viernes, 22 de agosto de 2008

UNA SOMBRA



La sigo, siempre desde atrás: ¿qué haces, adónde vas?,

le pregunto, mientras espero el gesto lento
que delate el tan ansiado
como temido reconocimiento.

Ya está girando, veo con espanto.
No sé si mantendré ante esos ojos,
(cuya hórrida mirada ya presiento)
la calma necesaria.

Un inútil sentimiento desafiante,
bravata torpe que con mi cuerpo tieso
pongo delante de mi miedo
es mi escudo de diamante,
al fin tan sólo de carbón,
que muy fácilmente cede.

Nos vemos cara y cara y mientras él
a mí, profundamente, accede,
yo accedo a él, para ver que todo su ente
no es más que Yo mismo
en ese sueño que, horrible y repetido,
todas las noches recorre igual camino.