Nunca sabré sus nombres como tampoco nada más sobre sus vidas, con excepción de los tristes hechos que tuve el desgraciado privilegio de presenciar. Sólo sé que tres certeras cuchilladas asestadas con despiadada saña bastaron para que ella se convirtiera en asesina, él en cadáver y yo en un lamentable despojo psicológico.
Todo comenzó una soleada mañana de otoño, al poco rato de levantarme de una buena noche de descanso. El aroma a café y a pan recién tostado impregnaba la cocina de mi piso. Tenía un hambre de lobo, y aún no estaba del todo despierta. Mientras me desperezaba, estirándome hasta casi sentir dolor en cada una de mis coyunturas, miré distraídamente por la ventana hacia el otro lado de la avenida y contemplé azorada una grotesca escena que se desarrollaba en un balcón del edificio de enfrente.
Una pareja de ancianos, observados atentamente por un vecino que se asomaba por la ventana para no perderse detalle, se disputaban violentamente y al parecer a los gritos, la posesión de algo que parecía ser una escoba, tironeando con fuerza cada cual para su lado. Evidentemente agotados por el esfuerzo, al poco rato dejaron caer al suelo el implemento, pero sin por ello abandonar la discusión. La mujer, mesándose el cabello con insistencia, se sentó en una silla que había a un lado hasta que, como impulsada por un resorte invisible, volvió a levantarse y se acercó a él de forma agresiva, señalándolo con el dedo índice. Inesperada y súbitamente el hombre levantó su mano derecha y descargó de revés un violento cachetazo sobre la mejilla de ella; luego, sin volver a hablarle ni mirarla, se dio vuelta y, acodado sobre la barandilla, encendió un cigarrillo. La anciana se tomó la cara y, sin decir nada, volvió a sentarse en la silla. El hombre arrojó el cigarrillo, giró el cuerpo hacia ella, y la miró fijamente y en silencio. La tensión había alcanzado tal extremo que una invisible pared de cristal parecía haberse interpuesto entre ellos, lista para partirse en mil pedazos. Desapareció de pronto cuando él se dio vuelta y, agachado, entró en la casa apartando con brusquedad una sábana amarillenta y sucia que colgaba delante de la puerta de separación entre el balcón y la sala, que mantenía oculta una inclinada persiana enrollable de madera, atascada a media altura.
Al quedarse a solas, la mujer, con la cara entre las manos y los codos apoyados en los muslos, comenzó a balancearse de atrás hacia adelante, sacudiéndose por un largo rato en espasmos periódicos, seguramente de llanto. Cuando logró calmarse se enderezó en la silla, se incorporó, se alisó la falda y luego, con gesto de resignación y cansancio, también entró, apartando la colgante sábana, que parecía ser el telón de ese improvisado escenario.
Quedé profundamente afectada por la violenta escena. Esa mujer tenía además algo que me revolvía antiguos y escondidos recuerdos. No pude evitar pasarme el resto del día mirando furtivamente hacia el edificio de enfrente.
Por la noche, cuando llegó Carlos, mi esposo, le conté lo sucedido. No le dio demasiada importancia, como era lo más lógico; él no había presenciado la escena, y tampoco yo podía explicarle mis sentimientos con claridad, ya que ni siquiera los comprendía yo misma. Hizo lo único útil: no habló, y me abrazó con tanta ternura que me confortó y me devolvió en un momento algo de la serenidad que había perdido.
En las semanas siguientes tuve tantas ocupaciones que casi me olvidé de los ancianos, pero aún así de a ratos miraba hacia el balcón, ansiosa por ser testigo de otro incidente. Parecía que hubieran decidido poner fin a la representación, pues no volvieron a mostrarse, al menos durante el día. Comencé entonces a espiarlos por las noches y descubrí así otro hecho revelador, que contribuyó a completar mejor la imagen que intentaba formarme de ellos por todos los medios a mi alcance: no había luces encendidas en su piso, excepto una, en la ventana de la cocina, pero tenue y de efímera duración. ¿Serían tan pobres que ni siquiera podían darse el lujo de gastar en electricidad? No me era posible saberlo, pero probablemente, debido a su edad, contarían solamente con una miserable pensión, con la que apenas podrían sobrevivir y que sería otro factor de peso para generar la situación que había presenciado.
Lo que me resultaba más perturbador, además de la fuerte violencia de la escena, era no haber podido distinguir con claridad los rostros de esos ancianos; la distancia los había transformado en fantasmas borrosos. Pero estaba dispuesta a tener paciencia: vivíamos en el mismo barrio, por lo que algún día nos veríamos con seguridad desde más cerca.
El primer encuentro cara a cara se produjo de forma imprevista, en el portal de su edificio, mientras yo aguardaba para entrar a dar una clase, y confirmó mis suposiciones con respecto a su nivel económico. El salió primero, sin reparar en mí, y bastante rápido a pesar de una ligera cojera. Cuando pasó a mi lado sentí su olor, desagradable, espeso, rancio, mezcla de tabaco, sudor antiguo y ropa poco lavada. Su cara, un cuero ajado y viejo, no demostraba nada salvo el estrago que habían hecho muchos y probablemente poco felices años.
La aparición de ella me erizó la piel. Tenía también un vago olor a ropa vieja, disimulado bajo un empalagoso y barato perfume a jazmín. Sus ropas estaban muy pasadas de moda, además de abrillantadas por el roce. Me cedió el paso de manera obsequiosa, casi en el límite de lo servil. Pero lo que me atrajo de forma irresistible fue su cara cuadrada, seca y delgada, con la boca deformada en una mueca que bajo la apariencia de una sonrisa amable, revelaba en lo profundo la más honda desdicha que yo jamás había visto. Con todas mis fuerzas logré sobreponerme al impacto, le agradecí y le cedí el paso. Se fueron sin hablarse y caminando separados.
Mi clase fue un fracaso. La terminé como pude, diciendo que no me sentía bien y fui a refugiarme a mi casa. Preparé la cena y lavé un poco de ropa, pero apenas llegó Carlos no pude más y lloré, con desconsuelo y tristeza. El, otra vez, me abrazó con cariño hasta que pude controlar mi angustia y dormir unas horas. Pero el nuevo día me hizo descubrir el profundo cambio que había sufrido: ya no era la misma de siempre, estaba triste, acongojada, sin ganas de nada. Comencé a pasar mis horas contemplando obsesivamente ese maldito balcón, esperando ver nuevas escenas de esa estúpida y violenta función de marionetas humanas que tenía cautivos todos mis sentidos.
La segunda y última vez que se cruzaron nuestros caminos fue una tarde gris, lluviosa y con un viento inclemente, una nueva ocasión en que iba a dar una clase a ese edificio. Antes ya de llegar, el brillo intermitente de las luces de un auto policial me anunció que algo grave estaba sucediendo. El gentío, sin inmutarse por la lluvia, se agolpaba frente al portal para tratar de tener una mejor visión del acontecimiento. Hice un esfuerzo sobrehumano para pasar, abriéndome camino entre el mar de paraguas con impiadosos empujones y codazos, y conseguí ubicarme en primera fila. Entonces, con las gotas resbalándome por la cara, asistí al acto final de nuestra íntima y perversa función.
Primero salió ella, totalmente ausente del caos que la rodeaba, caminando muy despacio y escoltada por dos policías, con las ensangrentadas manos esposadas a la espalda y la cara levantada hacia el cielo, mojándosela con la lluvia. Enseguida apareció detrás de ellos una camilla con lo que parecía un cuerpo enfundado en una bolsa de plástico, que fue rápidamente introducido en una ambulancia.
Volví la mirada otra vez hacia ella y por fin emergió sin ningún freno lo que por tanto tiempo había estado esquivando mi conciencia. Fue una terrible pero al mismo tiempo maravillosa revelación: la cara de esa pobre mujer se transfiguró súbitamente en la de mi amada abuela Azucena, el aciago día en que encarcelaron a mi abuelo por matarla de una paliza. Yo, con apenas cuatro años, y mi madre, la encontramos en el piso de su habitación, muy quieta y sin respirar, el rostro amoratado por los brutales golpes, pero con una calmada y enigmática sonrisa de Gioconda, libre por fin de todo sufrimiento. Una sonrisa idéntica a la que hoy se dibujaba en el rostro de mi desconocida vecina, que irradiaba una enorme calma y paz interior mientras era conducida por entre la gente, sus vecinos, sus conocidos y amigos, que la veían pasar con sentimientos de sorpresa y espanto, esos que se sienten ante el proceder inexplicable de quien de pronto, con un solo acto, se nos revela como lo que verdaderamente es: un extraño que convive a nuestro lado.
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