jueves, 8 de mayo de 2008

ALEGATO DE UN PUÑAL (cuento)


Quienes hayan leído la obra de Jorge Luis Borges seguramente me conocerán por ser el protagonista del breve cuento titulado "El puñal", en el cual el renombrado escritor detalla ciertas peripecias de mi pasado, y presagia para mí un futuro tan poco halagüeño como el de permanecer inútil y olvidado en un ignoto cajón. A dichos lectores, pero también a quienes no hayan leído dicho cuento, va dirigido éste breve alegato, con la intención de mejorar la pobre imagen que de mí se presenta en el mencionado texto.

En la primera línea de dicho cuento Borges dice acertadamente: "En un cajón hay un puñal", lo cual es correcto en términos de ubicación, pero no pone el debido énfasis en aclarar que no soy un puñal cualquiera. El señor Borges me conoce y valora muy bien por haberme recibido de su padre, que me trajo de Uruguay, luego de que Lafinur me cediera. También Evaristo Carriego, comenta Borges, parece ser que me tuvo alguna vez en la mano. Me permito agregar que además de esas, otras manos olvidadas ya, pero famosas en mi Toledo natal, como las del armero y orfebre Don Alfonso Ojeda y del Alcalde Don Jacinto de Morelos también me empuñaron, certificando mi excelente confección y diseño.

Como bien dice nuestro autor, otra cosa quiero yo: "derramar brusca sangre", que no es otra cosa que la necesidad de cumplir fielmente mi destino, lo cual trato de sugerir a mis eventuales portadores mostrando la perfección del engarce de mi brillante hoja, por cierto muy bien balanceada y adaptada a tal fin. El error imperdonable de mi mentor consiste en ignorar que yo, más allá de su propia muerte, habría de perdurar hasta el día de hoy con las mismas aceradas e incólumes pretensiones de acción que tuve siempre.

Fui vendido unas dos o tres veces al cerrarse la borgiana casa que me alojaba. Mi actual dueño se enamoró de mi dúctil belleza y armonía de líneas, y me asignó ya no un lugar dentro de un cajón, sino uno altamente destacado en la panoplia que hay sobre la chimenea central de la biblioteca circular de su casa, en el antiguo y señorial barrio porteño de Palermo Chico. No pudo ni supo resistirse al encanto de mi perfecta forma.

Como tampoco ha podido hacerlo su esposa, quien me estudia concienzuda y detenidamente desde hace ya tiempo. Hasta se ha animado a empuñarme, en repetidas y subrepticias ocasiones, con dolorosa y sensual delectación, pasándome de mano a mano, acariciando mi filoso canto y balanceándome con cuidado, mientras calcula la fuerza exacta del golpe que debería asestar para acabar de una vez por todas con la vida de ese ruin amante, que la amenaza canallescamente con poner fin a la cómoda estabilidad de su vida.

Al fin "tanta dureza, tanta fe, tan apacible o inocente soberbia", como escribió Borges, las veré recompensadas y no habrán sido, los transcurridos, años de espera inútiles, sino el prolegómeno de mi definitiva realización profesional.