Hoy estoy otra vez en la vieja casa de mi infancia y, mientras transito por sus ahora húmedas habitaciones, acuden de pronto a mi mente algunos de los sucesos que marcaron el fin de mi niñez. Entonces me resultaba imposible prever su crucial trascendencia para el desarrollo de mi futura personalidad.
Mis íntimos sentimientos en esos jóvenes años eran de triunfo y alegría, porque al fin podía ver concretado un ambicioso sueño, perseguido en forma tenaz y esforzada durante todo el año. Estaba recibiendo mi ansiado premio, fruto de un pacto con mi padre, por aprobar todas las materias del curso: un rifle de aire comprimido. Era hermoso: liviano pero fuerte, con la culata y el cuerpo de madera clara lustrada, y un mecanismo de carga muy sencillo.
Dormí con él a mi lado toda esa noche. Me despertó el sol, entrando por las rendijas de la persiana y haciendo brillar las motas de polvo del aire. Me levanté, desayuné con lo primero que encontré a mano e inmediatamente salí a probarlo. Preparé un blanco casero con una figura recortada de la tapa de una vieja revista pegada sobre un cartón grueso, y lo ubiqué en la terraza de mi casa, a unos diez metros de distancia; mis disparos se desviaban del centro, pero ninguno salía fuera del blanco, lo que no estaba del todo mal.
Al cabo de unos días comencé a situarme por los alrededores de los cubos de basura que había en los fondos de mi casa. Vivíamos en las afueras de la ciudad, en unos edificios aislados, detrás de los cuales había un campo alambrado que pertenecía al cuartel de una guarnición del ejército. Contra esa alambrada, a unos metros, estaban los cubos. Esperaba tranquilo, apostado con el rifle cargado, a que las ratas se acercaran y treparan al borde del cubo y entonces, con mucho cuidado, disparaba. Algunas veces acertaba y el animal, con un chillido, caía dentro. Pero en la mayoría de las ocasiones erraba el disparo, por lo que decidí practicar sólo con el blanco casero hasta mejorar mi puntería.
Un tiempo después, cuidándome mucho de no ser visto por los soldados, comencé a adentrarme en los terrenos del cuartel, una vasta extensión de campo con un bosquecillo en el centro, con alguno que otro caballo suelto pastando indiferente. Había un arroyo en el linde más lejano que, luego de atravesar parte de la ciudad, llegaba trayendo un agua sucia, fétida y con sospechosas sustancias flotantes; se comentaba ya desde tiempo atrás que iba a ser entubado para evitar la contaminación, pero aún no se habían iniciado ninguna obra.
Una tarde, cayendo el sol, estaba solo, caminando dentro del bosquecillo. Había una suave penumbra, pero aún se podía ver con claridad. El silencio no era absoluto: la naturaleza se empeñaba en hacerse oír. Percibía con claridad el ruido de los bufidos y relinchos de los caballos, los trinos de los pájaros y el crujido de las ramas chocando entre si empujadas por el viento, que soplaba con un silbido muy tenue; sentía el olor del pasto, de las heces de los caballos, de las flores que crecían alrededor, y también de a ratos me llegaba un vaho maloliente desde el arroyo.
Mis pisadas producían un ligero ruido, por lo que preferí detenerme. Me senté sobre la hierba, masticando un tallo delgado y verde. Miré hacia las copas de los árboles que formaban un techo por encima, y entonces vi un posible objetivo a unos ocho o nueve metros: un pájaro de tamaño mediano, un benteveo. Estaba posado en un tronco alto, con muchas hojas y ramas interpuestas que me impedían una buena visión para el disparo. Tenía que moverme hacia un lado, pero eso le advertiría de mi presencia. Decidí igualmente correr el riesgo y me levanté muy despacio. En forma lenta y cuidadosa moví un pie, luego el otro, y así, poco a poco, me fui acomodando en una mejor posición.
Ya bien ubicado levanté el rifle con lentitud. El pájaro no me veía, estaba ocupado rebuscando algo entre el plumaje de su pecho. Ahí debía apuntar, al pecho, para estar seguro de matarlo en el primer disparo. Conseguí apoyar sin ruido el arma, que por suerte ya tenía cargada, en una horqueta. Las manos me sudaban, pero preferí no secármelas para evitar movimientos que me pudieran delatar. Apunté con mucho cuidado. Sin previo aviso el ave saltó a la rama vecina. Giré el arma y volví a apuntarle; no lo podía dejar escapar. De pronto algo nuevo e inesperado apareció debajo de sus patas: un nido, en el que seguramente sus polluelos esperaban hambrientos, porque desde donde yo estaba los escuchaba ahora piar con fuerza, esperando recibir la comida que les traía la que quizás era su madre.
No disparé; no pude. Me lo impidió algo más fuerte que todos mis deseos. Bajé el rifle muy despacio. El corazón me latía como buscando abrirse camino a través de mis costillas. Me sentía mareado y con náuseas. De pronto me vi abrumado por una sensación extraña: me sentí Dios. Yo, a mis pocos años, había tomado una decisión que implicaba la vida o la muerte de otros; había tenido por un momento su destino absolutamente en mis manos.
Al instante siguiente y tras la anterior, una nueva idea se abrió paso con más fuerza aún: así como hice yo con esos inocentes pájaros, ¿no podía el otro Dios, el que, según decía el cura del barrio, conocía a todos y estaba en todas partes, evitar el daño, el hambre, el dolor y el inútil sufrimiento de la gente? No sabía qué responderme a mí mismo, estaba atontado por los nuevos pensamientos que me daban vueltas en la cabeza, muy complejos para mis doce años.
La noche ya había llegado y comenzaba a refrescar. Volví para casa caminando muy despacio, cabizbajo y con el rifle descargado, apuntando hacia el suelo. Me tomé todo el tiempo necesario y lo envolví cuidadosamente dentro de un trapo, engrasado y con sus partes de madera bien lustradas. Allí lo dejé, escondido dentro de un viejo armario que había en la habitación de servicio, que ya no era utilizada por nadie.
Nunca más hasta hoy, mientras estoy ocupado retirando las cosas que todavía quedan en la vieja casa para venderla, he vuelto a tocar mi rifle. Allí quedó, con el mismo envoltorio y en el mismo lugar en que lo dejé. Al quitar el trapo veo con tristeza que la humedad y la herrumbre han hecho su concienzudo trabajo y está inutilizado. Por suerte no llegó a matar a nadie más. Ya el bosquecillo desapareció, junto con el cuartel y con los caballos, y quién sabe que habrá sido de la vida de aquel pájaro. El arroyo ha sido finalmente entubado y sobre el lugar por el que antes discurrían sus aguas ahora solo crece el cemento.
Todo ha cambiado. Y yo, que además, ya no creo en Dios.
sábado, 12 de abril de 2008
EL RIFLE (cuento)
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1 comentarios:
Me ha gustado.
Es un relato donde se cuenta en primera persona algo tan trivial como la experiencia de un muchacho con su rifle. Y en ese narrarse a sí mismo, se pone entre interrogantes la existencia de Dios.
Como dijo Nietzsche citando a Stendhal: 'La única disculpa de Dios es que no existe.'
Saludos.
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