miércoles, 23 de abril de 2008

CUMPLEAÑOS (relato breve)

Rafael se estiró, ronroneando, y de una patada echó a un lado las cobijas. Estaba sudando. Pese al frio, sudaba. Le daba la impresión de que su cuerpo, al despertarse, cambiaba el selector de temperatura, y que la que mientras dormía le iba bien, al comenzar el proceso de reinicio, para ajustarse a la vigilia, quedaba inadecuada y debía modificarse, inconcientemente por supuesto.

La incipiente erección matinal ya había desaparecido. «Ganas de mear, seguramente». Miró hacia abajo, hacia sus pies; los vio aparecer moviéndose por detrás de la curva de su abdomen. «Estoy barrigón», se dijo, dándose una palmada condescendiente sobre el ombligo.

«Cincuenta y ocho años ¡mierda!». Hoy, domingo, los cumplía. Mónica ya estaría en la cocina, tomando el infaltable mate mañanero. ¿Cuánto llevaban juntos? «Treinta años, si, por lo menos», calculó. Era curioso como, haciendo el amor, no se veía pelado ni barrigón. Siempre que estaba por eyacular cerraba los ojos, y muchas veces en ese momento, viéndose a sí mismo como en una película, se había dado cuenta de que su propia imagen se había quedado fija, inamovible, petrificada, fosilizada, en una edad de, digamos ¿treinta, treinta y cinco? Si, justo, treinta y cinco, más delgado, con más pelo, músculos más firmes. Curioso.

Mónica estaba buena, muy bien para los cincuenta y cinco que llevaba encima. Arrugas tenía, si, pero no muchas, y mantenía en general una piel suave, prácticamente el mismo peso que cuando se casaron y, por suerte, el mismo culo, firme y terso como el de un bebé, que lo volvía loco hoy como siempre. Anoche habían hecho el amor.«Cogimos», se dijo más prosaicamente. Pero ¿era posible "hacer" el amor?¿Fabricarlo, inventarlo, armarlo como un rompecabezas? «Qué de tonterías dice la gente sin pensar».

En realidad, sin saberlo, Moni y el podrían "haberlo hecho" a lo largo de muchos años, de metafóricos siglos de des-reconocerse el uno en el otro, porque ¿cómo conocerla a ella, si él tenía de sí mismo tantas imágenes distintas? Como esa, de cuando eyaculaba, o la de sabelotodo, cuando alguno de los empleados nuevos le pedía consejo, o la de componedor de conflictos en las reuniones de consorcio del edificio, o…la de seductor, cuando fantaseó con tener una aventura con la vecina nueva, la arquitecta, que se había mudado al edificio apenas unos meses atrás.

¿Aventura sexual, calentura, o algo más? Había sentido algo nuevo, como nunca antes, un hueco en el estómago, palpitaciones. Ella tendría unos cuarenta años; divorciada y sin hijos, le informó como al pasar la portera, sin que se lo pidiera. Varias veces coincidieron en el ascensor, saludándose formalmente, él hundiendo el abdomen, ella arreglándose el cabello, despidiéndose sin mirarse.

Lo extraño fue que se le quedó pegada como estampilla; en ocasiones, sin aviso previo, la pensaba cuando la mente se le iba volando por ahí. También, una o dos veces, la soñó durante el sexo, como involuntaria reemplazante de Mónica. Y hoy, que era su cumpleaños, volvía a hacerse presente, es decir, seguía allí, en su cabeza, porque en realidad nunca se había ido del todo.

«Notable lo del sexo, pensás que te estás haciendo viejo y el maldito aparece enseguida» A lo mejor era la única forma de sentirse jóven: celebrar una y otra vez la misma ceremonia para asegurarnos de que estamos vivos; sentir, sólo sentir, dejarse ir y perderse en la única sensación, aparte del sueño, en la que somos y no somos al mismo tiempo. Y cuando, ya transformado en un vetusto cascarón, nadie quiera o pueda estar a nuestro lado, hacer como otros, pagar a esas chicas jóvenes, eficientes profesionales, para que nos hagan repetir la ilusión de la vida.

«Si, me estoy haciendo veterano» pensó, mientras se levantaba para ir a orinar. Quizás sólo buscaba una buena excusa para sentirse vivo, con la adrenalina al taco y cosquillas en el estómago, y no una aventura, que al final no dura mucho.

«¿Y alcanza con eso, o es otra película» No lo sabía, pero otros tampoco; no tenía conocimiento de nadie que hubiera dado una definicion perfecta e indudable del amor Pero sí sabía que Mónica existía, que su culo existía, que lo tocaba, lo besaba, lo lamía, tanto como al principio, y que si en treinta años seguía sintiendo así, con esa intensidad, habían construído algo valioso, juntos, y eso era más que suficiente para él.

Terminó de orinar, entreabrió la puerta de la pieza y gritó:

— ¡Moni, vení!¿Querés que nos demos una ducha juntos?