Creo, sin temor a equivocarme demasiado, que la experiencia de volar por los propios medios es casi consustancial a todos los seres humanos; más aún, es durante la infancia cuando se experimenta con mayor intensidad, y luego, a medida que maduramos, se va imperceptiblemente olvidando; tan solapadamente que yo ya no guardo en mi memoria el exacto momento en que tal proeza desapareció de mis hábitos cotidianos.
He dicho cotidianos, y no falseo la verdad. Afirmo que era capaz de volar voluntariamente en cualquier momento, siempre que se dieran las condiciones adecuadas. Recuerdo el instante con suma precisión: era durante ese estado crepuscular de la duermevela matinal, mientras intentaba no entrar de lleno en la aborrecible vigilia y permanecer un rato más entre mis sueños; esos, que se me representaban más reales incluso que lo que me deparaba todo el resto de mis experiencias cotidianas.
Mantenía bien cerrados los ojos, para no dejarme invadir por la luz; me escondía bajo las cobijas y, con un esfuerzo imaginativo, me situaba volando a diversas alturas, controlando sin el menor inconveniente la velocidad, los ascensos, los descensos, y los giros. Pero lo verdaderamente sublime era la percepción de la absoluta realidad del hecho. No me asaltaba la más ínfima duda sobre lo que estaba sucediendo, porque se acompañaba de la correspondiente estimulación de todos mis sentidos, y porque mi cuerpo repondía por completo a mi voluntad. Ahora arriba; no, mejor hacia abajo; o hacia aquel lado; flotaba y me dejaba llevar por mi puro deseo ¿Hacia donde? No lo puedo responder ahora: he olvidado los paisajes de mis sueños; sólo me queda el vago recuerdo de mis sensaciones.
Quizás en la oscura nostalgia de ésta primitiva conducta onírica, indiferenciable por completo, durante la infancia, del estado de vigilia, podría rastrearse el orígen de la necesidad imperativa de volar que ha perseguido al ser humano desde su advenimiento. Los alados ángeles, los dioses etéreos , Ícaro, los héroes de historias y relatos mágicos, Superman y tantos otros, son posiblemente los representantes del mito original de nuestra olvidada capacidad de desplazarnos por el espacio.
¿Cuándo, cómo y por qué se pierde? ¿Es la maduración de las estructuras nerviosas el motivo? ¿Habrá alguna forma de retenerla, cuidarla y cultivarla? ¿O es su desaparición una condición sine qua non del desarrollo? Hemos logrado, como un vulgar sustituto, volar en medio del silencio con parapentes, planeadores y otros artilugios mecánicos, pero siempre falta algo. Los cosmonautas nos relatan sus experiencias y los envidiamos, deseosos de poder estar donde ellos y sentir lo mismo.
Pero lo otro, lo íntimo de la experiencia infantil de volar, lo hemos perdido para siempre, así como hemos perdido la capacidad de reconocer lo onírico como otra parte de nuestra realidad, en la que nos desenvolvemos durante un tercio de nuestras vidas. No en vano, y para hacérnoslo siempre presente, algunos grandes de las letras han remarcado las ideas de que la vida es sólo un sueño; de la irrealidad de lo real y de la realidad de lo soñado; y la otra, más interesante aún: la del soñador que se sueña a si mismo en un laberinto sin fin ni principio.
lunes 1 de diciembre de 2008
EL VUELO
lunes 3 de noviembre de 2008
UN DISEÑO NO TAN INTELIGENTE
Según el Creacionismo, la exquisita perfección de la Naturaleza y en especial del tan impar Ser Humano, no permitiría albergar ninguna duda sobre que detrás de tan magna obra se esconde la inevitable e imperiosa necesidad de un Diseñador Inteligente que haya creado todas las maravillas que nuestros sentidos son capaces de percibir y que, por añadidura ha hecho que seamos reproducciones construidas a su imagen y semejanza.
No obstante por diversos motivos, tanto metafísicos como incluso hasta simplemente biológicos, se desconfía de lo atinado de esa teoría. Por dar solamente un pequeño ejemplo: con echar una mirada a nuestro alrededor podremos ver algunos exponentes antropológicos contemporáneos que nos harán dudar seriamente de la cordura de ese Creador, si eso es lo mejor que pudo hacer a su imagen y semejanza.
Pero hay un aspecto en especial, que nadie ha valorado en su justa medida hasta el momento y que, con total seguridad, pondrá más aún en entredicho la teoría en cuestión: el culo (el correspondiente al espécimen humano, para ser claro), y más específicamente, la malhadada ubicación de su agujero.
Detengámonos por un segundo para observar atentamente a nuestros animales de compañía, miremos con detenimiento las series de divulgación, los documentales que se emiten en la televisión, etc. ¿Alguien ha visto algún animal que se limpie el culo con papel higiénico o algún otro elemento ad hoc? Respuesta: No ¿Y por qué? Pues porque el Ser Humano, supremo eslabón de la Creación, hecho a imagen y semejanza del Misterioso Creador, está mal, qué digo mal: pésimamente diseñado: su culo es una chapuza irremediable.
Es obvio que un bien formado culo (que hay muchos), sea masculino o femenino, además de servir plenamente a los fines erótico-sexuales y reproductivos de la especie, es sumamente agradable de contemplar. Hay, por otra parte, una característica que compartimos con casi todos los animales que habitan la Tierra junto con nosotros: la forma de ejercer el sexo, que es predominantemente “a tergo” (por detrás). Pero precisamente ahí no se halla lo que nos diferencia de otras especies, como tampoco en lo concerniente a la excreción, que también se efectúa mayoritariamente por atrás.
Donde sí se patentiza dicha diferencia es en la ubicación del agujero de nuestro culo. Por ser bípedos que, a diferencia de los otros grandes simios, exclusivamente caminamos, nos es imprescindible contar con una musculatura glútea desarrollada que contribuya a sostener erecta la columna vertebral y nos permita llevar bien hacia atrás las extremidades inferiores, para dar pasos largos y correr, cosa que ellos no hacen. Y justamente aquí es donde aparecen los inconvenientes de la localización del mentado orificio, que queda delimitado hacia los laterales por dos promontorios musculares, los cachetes, o nalgas, que lo ocultan y lo relegan al fondo de un profundo valle, lleno además de pelos que son como una red que atrapa pequeños restos de materia fecal durante la evacuación. Es como si un arquitecto incompetente hubiera diseñado una puerta al fondo de un pasadizo que se fuera estrechando progresivamente, y además lo hubiera llenado de ramas en los laterales…¿se podría pasar por allí cómodamente?
Nótese, además, la diferencia entre los culos animales y el de nuestra especie: en ellos no existen cachetes ni pelos delante del orificio, y con una ligera postura en cuclillas (e incluso sin ella, como en caballos, vacas, etc.) la eliminación es simple y limpia. En nosotros, pese a la más profunda flexión de nuestras rodillas, los glúteos continúan cerrando en parte el trayecto de salida e interponiendo los pelos en el camino de las heces. En ese desafortunado hecho se fundamenta la necesidad de contar con una industria dedicada a la producción de papeles higiénicos, bidets, toallitas húmedas y otros diversos sistemas de limpieza, tanto más necesarios cuanto más obeso sea el humano en cuestión, para no hablar de la desgracia extra que representa el hecho de ser manco.
Llegados a éste punto no creo que deba abundar en más detalles, dada la simpleza y fácil comprensión de mi argumentación, aunque no por ello menos eficaz. Concluyo ésta breve exposición, con mi más ferviente deseo de haber sido útil y de haber podido contribuir a mejorar, ya sea para bien o para mal, la comprensión de la teoría Creacionista y su demostración por el principio del Creador Inteligente. Queda entonces formulada la incómoda pero imprescindible pregunta, que la biología nos reta a contestar con total honestidad: ¿Realmente puede decirse que es inteligente, y que es merecedor de nuestra confianza, un Creador que ha diseñado este adefesio funcional? La respuesta corre por cuenta de ustedes mismos.
EL DESTELLO
Nadie se presentó a reclamar el cuerpo. En la suscinta esquela que alguien había atado a un dedo del pie, luego de la autopsia, se leía:
APELLIDOS: Perez Cortínez
NOMBRES: Jesús Hilario
NACIONALIDAD: Español
EDAD: 64 años
OCUPACIÓN: funcionario público (ordenanza)
E. CIVIL: Soltero
CONYUGE: (en blanco)
HIJOS: No se conocen
CAUSA DE LA MUERTE: Infarto cerebral embólico
PERSONA AUTORIZADA A RETIRAR EL CADÁVER: (en blanco)
Poca cosa para toda una vida. Absolutamente nadie, y menos aun quien redactó la ficha, conocía nada de los últimos momentos de la vida de Jesús.
La mañana de su muerte se despertó más temprano que lo habitual. El sol aún no hería las paredes con las doradas cuchillas que la luz formaba al pasar entre las rendijas de las persianas. Igual que todos los anteriores días de su vida, Jesús se santiguó y rezó una breve oración para inaugurar la jornada. Era muy creyente, hombre de ir a misa todos los domingos, y muy amigo del cura de su parroquia. Se levantó de la cama y encendió un cigarrillo, el único vicio que se permitía. Extrañamente le supo mal, le causó asco. Lo apagó, se higienizó, tomó su medicamento para la presión y luego se vistió. Ya en la cocina, se preparó un café con leche, pero no llegó a probarlo, porque lo acometió de pronto una sensación de mareo y palpitaciones, junto con un malestar desagradable en la boca del estómago, que duró solamente uno o dos minutos y se desvaneció tan rápido como había llegado. Decidió, por si acaso, quedarse en casa y por lo tanto, tal como lo especificaba el reglamento, del cual era sumamente respetuoso, llamó al Ministerio para notificarlo.
Al mediodía se sintió algo mejor. Se preparó una frugal comida: unos escasos restos del cocido de la noche anterior y una manzana. Pero sólo pudo comer unos pocos bocados porque, con renovados bríos, le reapareció el malestar. Creyó más conveniente no volver a insistir con la comida y decidió entonces recostarse un rato en su sillón para descansar y ver un rato la televisión. Encendió el aparato y comenzó a sentarse.
Ese fue el instante en que el coágulo, que se mantenía frágilmente unido a la pared de su corazón se desprendió por fin y empezó su loca y azarosa carrera. Viajó imparable hasta, por una simple cuestión de tamaño, atascarse en una pequeña arteria del cerebro, ocluyéndola por completo. Entonces, bruscamente, producido por una extraña combinación de factores físicos y químicos hasta hoy desconocidos y con la brevísima duración de una millonésima de segundo, un destello fulguró en la mente de Jesús. Se apagó de inmediato, sumiéndolo en la más pavorosa oscuridad, pero su luz le resultó suficiente para, en ese infinitesimal momento, comprender con espanto cómo había derrochado su vida y saber con total certeza que ya era demasiado tarde y que, a menos que hubiera un Dios sin la más mínima duda (mínima, pero que, incómodamente, empezaba ahora mismo a crecer en su interior), eternamente estaría privado de tener una segunda oportunidad.
GRISELDA
Nos fuimos conociendo sin querer, a fuerza de horas de convivir, yo concentrado en mi reciente paternidad y en el imperioso deseo de aprender a conciencia mi profesión, y vos en tu cotidiana rutina de eficiente secretaria. Las paredes azules del despacho pueden dar testimonio de esas aparentemente vacuas conversaciones que mantuvimos durante los escasos momentos de descanso que podíamos darnos el lujo de disfrutar; también de nuestra mutua y sorpresiva elección de posar, uno al lado del otro, para la consabida foto de fin de año. Fue después de esa foto, donde te mantengo estrecha y posesivamente rodeada con mi brazo derecho, que quedamos, así como al descuido, en que a la salida del trabajo pasaría por tu casa para tomar un café y darte ese insólito dato que me habías pedido, cuya utilidad era solamente el de servir como pretexto para llevarme a tu territorio.
Me recibiste con una sonrisa cómplice en tu cara suave y morena, de labios gruesos y lánguidos ojos oscuros, que ya reflejaban el deseo en tus dilatadas pupilas. Liquidamos inmediatamente la excusa del café y nos sentamos en el sillón, donde lentamente comenzamos a explorarnos, quitándonos mutuamente las capas de formalidad que nos cubrían. Tu cabello renegrido, seguro legado de indígenas ancestros, caía con gracia hasta la mitad de tu espalda sin poder ocultar tu mínima cintura, en la que me demoré sólo un instante para llegar luego a tus deliciosos, duros y bien formados glúteos y a la escondida confluencia que formaban los pilares de tus acogedoras piernas.
Nos tocamos y paladeamos, olimos y miramos, hasta quedar tumbados cara a cara en el sillón; entonces te giraste y me ofreciste tus nalgas, mientras yo acariciaba tus pechos jóvenes, que no conocían de hijos, sino sólo de amantes, y me introducía en el centro de tu ser una y otra vez, hasta alcanzar el tan ansiado temblor liberador que nos dejó a los dos finalmente quietos y relajados, recuperando el resuello y buscando, inconcientemente, acompasar los latidos de los agitados corazones.
Te recuerdo bajo el agua de la ducha que luego nos refrescó, despreocupada y casualmente graciosa, pero atenta a la improbable palabra que te diera esperanzas, esa que jamás llegué a pronunciar. En ese momento no estaba en mi darte lo que buscabas: tenía culpa, una culpa que no me permitía olvidar que ése era justamente el día del cumpleaños de mi pequeño hijo, y que me hizo abandonarte, apresurado por no faltar al festejo.
A la mañana siguiente te dije que no podía darte lo que, sin pedirlo, me pedías; te confesé todas mis dudas y temores, que conocías sobradamente, pero que pese a todo estabas dispuesta a mantener en cuarentena mientras fuera preciso, algo que era imposible para mi. Esa tarde no te vi entrar a tu casa ni cerrar tu puerta, pero siempre sospeché que, igual que yo, también lloraste por lo que juntos habíamos perdido, y que ya nunca más podríamos recuperar.
La vida nos llevó por carriles diferentes. Volví a encontrarte muchos años después, casada y con hijos del que elegiste como tu hombre. Reviví de pronto tu olor y el tacto de tu piel que, como fieles escuderos, habían permanecido ocultos en lo más profundo de mi interior, acompañándome en el descubrimiento de mi mismo en los ajetreados y difíciles tiempos que siguieron.
¿Pudiste haber sido mi compañera de viaje? Fácil pregunta, pero imposible respuesta, ya que en ese momento no estaba preparado para corresponder a tu entrega y cada elección marca un camino sin retorno. Siempre estaré en deuda, lo quiera o no, por ese trozo de mi persona que, sin saberlo, me ayudaste a ubicar en el justo lugar para llegar a ser quien soy.
viernes 3 de octubre de 2008
EL HOMBRE DE HIELO (Cuento fantástico)
Debo comenzar aclarando que mi mente es la de un investigador, calculadora y fría, tanto como el objeto de mis estudios, el agua y sus cambiantes estados. Por eso siempre hasta el día de hoy me he resistido a creer que pudieran haber sucedido los hechos que voy a relatar a continuación, pues contradicen en forma abierta y notoria las leyes de la física, la más elemental razón y la palmaria evidencia de nuestros sentidos.
Me enteré de los mismos leyendo unas memorias manuscritas que encontré en el Museo de La Plata, escritas alrededor de 1872 por un poco conocido explorador galés que se aventuró en la zona de los glaciares de la provincia de Santa Cruz, concretamente en el que luego fuera denominado Perito Moreno. Por otra documentación que hallé en el mismo museo, supe también que dichos sucesos le depararon tan graves consecuencias a su relator, que finalizó sus días internado en una institución para enfermos mentales.
Stephen Jones, que tal era su nombre, había llegado a la Patagonia argentina como parte del primer contingente de colonos galeses en 1865. Imbuido de un espíritu aventurero potenciado por su juventud, se dedicó a viajar, reconocer y mapear la zona de la cordillera en compañía de algunos indios tehuelches que, al mismo tiempo que le prestaron su auxilio y conocimientos, le transmitieron oralmente las viejas leyendas de sus antepasados tsonekas, las que nuestro hombre registró meticulosamente en sus diarios.
El galés viajaba en esa ocasión en compañía de un argentino que compartía con él el gusto por la exploración y la aventura, el inquieto y algo irascible capitán Julián Silva, retirado del ejército poco tiempo antes por causas un tanto imprecisas, que él mismo tampoco se ocupaba de dejar claramente establecidas, y que planeaba radicarse en alguna de las colonias que los galeses habían fundado en el sur, para así poder viajar por esos desconocidos territorios con más facilidad.
Ambos formaban una buena pareja: combinaban el arrojo de Silva, en verdad algo excesivo en ocasiones, con la tenacidad y la capacidad de observación de Jones para registrar fielmente los acontecimientos y hallazgos de sus andanzas; se dice que el propio Perito Moreno tomó luego en cuenta éstos datos para su trabajo de delimitación de la frontera argentino-chilena.
Sucedió, siempre según el relato de Jones, que estando cercanos al que hoy conocemos como glaciar Perito Moreno, se vieron obligados por una imprevista tormenta de nieve a hacer noche en unas cuevas a las que los guiaron los tehuelches, que ya desde tiempos remotos eran conocidas y utilizadas por la tribu durante las primaveras, en ocasión de sus migraciones anuales en busca de caza y sustento.
Después de la comida, unas rebanadas de charque, galletas duras y queso, acompañadas por agua, los exploradores se sentaron alrededor del fuego que habían encendido, para tomar un trago del añejo whisky que siempre acostumbraba a llevar Jones, fuera adonde fuera. El capitán Silva bebió primero y luego le siguió el galés, que pasó la botella al veterano guía tehuelche, y éste a su vez a sus otros dos compañeros. Se sucedieron las rondas y la conversación se animó, pese a algunas dificultades en la comunicación, ya que los indios hablaban poco el español, ése no era tampoco el idioma nativo de Jones, aunque lo dominaba bastante bien, y a que además ninguno de los dos aventureros era muy conocedor de la lengua indígena. Sin embargo la buena voluntad y el alcohol hicieron lo suyo y lograron entenderse. Afuera, mientras tanto, en la oscura noche, el viento frío y la nieve castigaban la superficie de la tierra.
Espoleado por el whisky el guía tomó la palabra y, con deliberada lentitud, para permitirles una mejor comprensión, les relató una vieja leyenda, la del Hombre de Hielo, que todos escucharon con atención, sobrecogidos por el efecto que producía sobre sus sentidos la combinación del fuego, el alcohol y los elementos desatados.
Dijo el indio: «Elal nos ha transmitido su ancestral mandato: quienes se internen en el Ta-arr, el Hielo, deben hacerlo con su corazón puro y limpio, sin odios ni rencores, sólo dispuestos a amar y respetar a los espíritus de la nieve, la montaña, el viento y la foresta. Así Kóoch, el Creador, les permitirá estar en armonía con la naturaleza por él creada, y gozarán de paz y serenidad, como si fueran una más entre todas sus partes. Pero quienes entren con odio, enojo, envidia o maldad serán atrapados por el gran Hielo y sólo saldrán de su interior bajo la forma de Hombres de Hielo, como castigo a sus malas acciones».
Un opresivo silencio, acentuado por el contraste con el agudo silbido del viento, parecía aplastar las paredes de roca de la cueva sobre los ateridos cuerpos de los viajeros, impidiéndoles respirar con soltura y naturalidad. Ambos exploradores se miraron entre sí, esbozando al principio una sonrisa trémula, que casi inmediatamente se transformó en una quizás algo exagerada risa, que los indios observaron sorprendidos, sin entender qué podría causar en esos dos hombres tal reacción ante una leyenda que hasta los niños de la tribu conocían y respetaban escrupulosamente. Finalmente, ellos también rieron para agradar a sus amigos y, luego de avivar un poco el fuego, se retiraron hacia el fondo de la cueva para dormir, lo que a su tiempo hicieron Jones y Silva.
A la mañana siguiente el clima había resuelto volver a su estado normal para esa época del año, por lo que el grupo pudo continuar la marcha hasta aproximarse al pie de la inmensa muralla del glaciar. El suelo de roca, entre la pared de hielo, blanca y turquesa, y los árboles de la orilla del lago, estaba alisado por la erosión que había producido el avance y retroceso de la imponente masa del glaciar a lo largo de los siglos. El galés y el argentino estaban petrificados de asombro y admiración al pie de la gélida mole, de unos treinta metros de altura, que transpiraba gotas de agua y tenía tonalidades que, además del turquesa, iban del azul profundo al violáceo y que mostraba incluidas en su interior innumerables piedras redondeadas que habían sido atrapadas por el hielo en su desplazamiento. No podían dar crédito a sus propios ojos: era el espectáculo más hermoso que hubieran contemplado en lo que llevaban de vida. Decidieron acampar sobre la orilla, algo alejados del glaciar, para evitar que algún desprendimiento de hielo generara alguna ola que pudiera barrer con ellos y sus pocas pertenencias.
Aquella fue la trágica noche en que se produjo la desgracia que alteró sus facultades mentales y persiguió a Jones por el resto de su vida. El manuscrito describe fielmente los hechos de los que fue testigo y da por supuestas algunas circunstancias que, si bien no le fue dado presenciarlas, pudieron haberse desarrollado tal y como las cuenta.
Después de la comida, Silva, descubriendo al fin la faceta de su persona tan cuidadosamente ocultada, comenzó a beber más de la cuenta. Ya borracho, acusó a uno de los indios de haberle robado un cuchillo que tenía en mucho aprecio, por haberlo ganado en un torneo del ejército. El más viejo de los tehuelches defendió a su compañero, alegando que dicho cuchillo quizás se le hubiera extraviado en el camino, al saltar sobre un obstáculo, o cruzar un vado. Silva, mientras retenía la botella y continuaba bebiendo, comenzó a insultarlo y a gritarle de mal modo, lo que obligó a Jones a interponerse entre ellos para tratar de tranquilizar los ánimos y no perder el favor de los indios, su única posibilidad de salir con vida de esos remotos lugares.
Cuando Silva vio eso, acusó a Jones de parcialidad y, ya fuera de sí, le asestó un violento puñetazo en la cara, que lo tumbó. Los tehuelches quedaron sorprendidos al ver la pelea entre los blancos pero, prudentemente, no intervinieron y se apartaron unos metros. Jones, sangrando por la nariz, logró incorporarse, pero ya Silva se había alejado corriendo del campamento. El galés aprovechó el momento para calmar a los indios, disculparse y asegurarles que su relación con ellos no corría peligro, que cumpliría cabalmente con todo lo convenido y que dejaran las cosas así, que ya el nuevo día traería la calma al espíritu del otro hombre blanco. Los tehuelches aceptaron sus excusas y se dispusieron a descansar, algo molestos pese a todo.
Fue una larga, muy larga noche. Jones, inquieto, esperaba escuchar a Silva retornar al campamento, para hablar con él antes de que se encontrara con los indios, por lo que apenas consiguió dormir poco y con sobresaltos.
Mientras tanto Silva se alejó cada vez más del grupo, corriendo como poseído y vociferando insultos, su sentido de la realidad totalmente alterado por el exceso de alcohol. La luz de la luna llena le permitía ver con bastante claridad. Subió por la pared de roca lateral del glaciar hasta llegar al hielo, en el que, con frecuentes resbalones, se internó gradualmente. Llegado casi al centro del glaciar patinó y cayó, deslizándose dentro de una profunda grieta. En la caída su pierna izquierda golpeó contra una saliente del hielo, y sintió un crujido que le hizo temer lo peor; pero el temor le duró poco, ya que anestesiado por la bebida como estaba, prácticamente no sintió dolor. Sólo cuando quiso ponerse de pie y descubrió que no podía, se percató del horrible ángulo que formaba la parte inferior de su pantorrilla. Quedó tumbado en el lugar, confuso, sin poder moverse y a la intemperie, por lo que bajo el efecto combinado del frío y de la bebida, finalmente se durmió.
Por la mañana, viendo Jones que su compañero no había regresado, dispuso salir inmediatamente a buscarlo. Los tehuelches, duchos en el rastreo de presas, inmediatamente hallaron las huellas de Silva, que iban oscilando sin un rumbo definido, hasta que finalmente se internaban en el hielo del glaciar. Continuaron un trecho por la blanca e irregular superficie y vieron que el rastro se perdía en una grieta del hielo, en el fondo de la cual yacía un cuerpo.
Lo que Jones detalló en su escrito sobre el hallazgo del cadáver es lo que a mí tanto como a él, a más de cien años de distancia y pese a todos los conocimientos que la ciencia ha acumulado en ese lapso, nos dejó anonadados. Según el relato, uno de los indios bajó con una cuerda hasta el fondo de la grieta. Cuando estuvo allí dio un grito desgarrador y comenzó a farfullar «Elal, Elal, Elal», lo que hizo que inmediatamente lo subieran. Su rostro estaba desencajado. Se dirigió al mayor de los tehuelches y le contó en su lengua, con expresiones de terror, lo que había visto. El indio jefe lo tranquilizó, se ató a la cuerda y bajó él mismo a la grieta, atando el cuerpo de Silva a otra soga para subirlo.
Cuando el cadáver estuvo en la superficie Jones pudo constatar lo que fue la cosa más extraña e inexplicable que vio en toda su vida: el cuerpo de Silva era de hielo. Pero no de carne congelada, tal como los cuerpos que había visto en otras ocasiones, sino efectivamente de un hielo blanco y con tonalidades turquesa, igual que el del glaciar, y mostraba claramente definidas todas las venas, los pelos de una barba poco crecida y hasta los más mínimos detalles e irregularidades de la anatomía de Silva, incluso la herida de la fractura en la pierna izquierda, con el hueso saliente. Según cuenta, con letra imprecisa y temblorosa, en las últimas líneas de su relato, les resultó imposible llevar el cuerpo de regreso con ellos al poblado, pues se derritió irremisiblemente en el camino pese a todos los intentos por conservarlo. Del ex capitán sólo quedaron sus ropas, en medio de un charco de agua límpida.
miércoles 1 de octubre de 2008
LA TRAMPA
A pesar del ya largo tiempo que llevo atrapado en ella, sé en lo más profundo de mí que no puedo escapar, cosa que, por otra parte, tampoco me interesa ni deseo hacer. Estoy en la trampa perfecta, la que incita voluntaria e inconcientemente a franquear su entrada, una vez llevado hasta su puerta por la imprescindible necesidad de colmar un vacío que sólo así puede ser satisfecho.
Estaba lista para mí, y sólo para mí, esperándome cargada con el cebo de su dulce sonrisa, su mirada ensoñada y la violenta fuerza de sus curvas; y caí en ella gozosamente, sin detenerme a medir las consecuencias de mis actos, como la trucha que muerde el cebo y queda presa de su gula.
Es su piel, su hermosa piel, la dorada trampa que me condena hasta hoy a ser suyo. Me es imposible olvidar ese primer y tímido contacto de mis dedos con el dorso de su brazo; el ancestral temblor que nos recorrió a ambos; la inmediata y sublime sensación de pertenecerle desde siempre; de haber por fin encontrado la esquiva y siempre buscada sensación que aplaca y al mismo tiempo enciende mi ansia.
¿Qué químico, o físico, misterio se esconde detrás de un roce, de una caricia, del tacto de un dedo que recorre un breve trozo de piel? Dicen que la materia es solamente espacio vacío y fuerzas primordiales: sé que es así, no tengo dudas. Mi piel, cuando reposamos abrazados, se disuelve en la suya, la penetra y se funde en medio de un caos de órbitas y electrones de signo masculino y femenino, haciendo imposible distinguir de quién es cada una; sólo el movimiento permite recuperar la independencia, pero a su vez excita la voraz e insaciable necesidad de rozarse una y otra vez.
No sé, no me importa, ni tampoco deseo averiguar cómo y por qué siento así: soy dichoso. Son todas vanas preguntas, destinadas a jamás ser respondidas, menos aún por los que tienen la fortuna que se les niega a tantos otros: gozar del tacto del amado, de la amada, por todo el tiempo que les sea dado estar vivos y juntos ¿Acaso hay tantos otros premios que valgan la pena en ésta única y acotada vida que nos toca, y a la que nos es imposible renunciar, impelidos como estamos por la ciega fuerza de los genes que nos transmitieron nuestros predecesores?
A ti te digo hermano, hermana: te deseo que caigas en la dichosa trampa en la que tuve la fortuna de caer yo mismo. Debo advertirte que, para ello, debes estar dispuesto con todos tus sentidos y tus más íntimos sentimientos a correr los riesgos a los que te expondrá tu osadía. La mayoría de los humanos se contenta con soportar una vida superficial y anodina: temen fracasar. Los fuertes sufren y lloran, padecen, pero también gozan; viven y disfrutan cada breve momento de dicha intensamente.
Ojalá se te permita ser uno de ellos.
sábado 27 de septiembre de 2008
VISIONES
Ellos crecen: los pelos de la barba, de las orejas, de la nariz. Ellas, las viejas y deslucidas uñas de manos y pies, también. Es sabido: crecen autónomamente, más allá de la muerte, del descanso eterno, del fin de todo. Nos suceden vitalmente durante un tiempo indefinido pero aún así limitado, seguros de su absoluta impunidad, vista nuestra patente imposibilidad de hacer algo al respecto.
Pero ¿qué indicios tenemos, qué sabemos de la duración, sea infinitesimal, o de segundos, o incluso minutos, de la vida de esos escondidos intestinos, tendones, huesos y músculos de los que fuimos dueños alguna vez? Quizás perduren en algo similar a una suspensión vital anonadada, atontada, consumiendo sus últimas moléculas de precioso oxígeno hasta que les llega la convicción de su irrevocable futuro: morir por falta de sustento.
Dicho esto, debo ahora confesar lo que íntimamente me produce una oscura sensación de intranquilidad, casi cercana al pavor, desde que comencé, sin saber por qué, a pensar en ello; algo a lo que, cobardemente, temo enfrentarme en ese día (espero que lejano) en el que deje de ser quien soy y pase a ser uno más de los que fueron: se trata de mis ojos.
¿Acaso alguien, yo, o tú, desconocido amigo mío, que también puedas algún día plantearte éstas locas preguntas, puede creer inocentemente que la costumbre de cerrar los ojos a los cadáveres sea solamente casual, sólo un último gesto de respeto? ¿Estás seguro? Yo no lo creo; más factible me resulta la hipótesis del miedo, del pánico atroz que imaginó algún oscuro y olvidado antecesor humano ante la posibilidad, remota pero no descartable, de que los ojos perduraran en su vital instinto y, por un lado, atraparan la imagen de los que rodeaban al difunto para llevarlas consigo hacia los desconocidos territorios de la muerte, y por otro fueran testigos y transmisores, hacia un cerebro agónico pero aún vital, de la última y temida imagen de si mismo que quizás verían reflejada en ese espejo que colocado frente a la cara demostraría, al no empañarse, que ya no había hálito en el cuerpo.
Me sitúo yaciendo en esa cama, la de mi último aliento y me identifico con mi futuro que ya no es tal, sino crudo presente: he abandonado todo para siempre, definitivamente. Imagino el suceso, el indecible y temido momento postrero: el horror de verme en ese instante sin poder hacer nada, sin poder gritar, sin poder moverme, sin saber a ciencia cierta cuánto durarán esas torturantes visiones, hasta que mi cerebro claudique y diga basta finalmente.
Agradezco a ese piadoso antepasado común el haber tenido la perspicacia y sensibilidad de legar al futuro un gesto tan sencillo como ese para permitirme comenzar en paz mi último viaje.